Articulo publicado en el Diario Información

 

Aurora, me encantó nuestra conversación. No es habitual encontrar tanto aplomo ni tanta lucidez con la maternidad recién estrenada. Saliendo de tu casa me senté en el parque para tomar notas que ahora comparto. ¡Cuántas cosas se aprenden junto a una madraza!

Tenías claro que las relaciones de los primeros tres años, muy especialmente las de los primeros meses, literalmente modelan el cerebro de tu hijo y reorganizan el tuyo. Y esta maravilla sucede en la interacción con el cerebro del cuidador: por medio de las emociones, la comunicación corporal, el ritmo, el tono afectivo, las miradas, la gestualidad, el contacto piel con piel… que el adulto cuidador va injertando en las dinámicas de cuidado: alimentación, sueño, higiene, consuelo, etc.

Qué importante es corresponder desde el primer momento a sus gestos, a sus movimientos, a sus susurros, a sus expresiones emocionales, a sus cambios de ritmo, … que los niños manifiestan con una frecuencia creciente. Desde el minuto cero necesitan sentir que son escuchados y correspondidos como los interlocutores activos que son.

Comentamos que el vínculo es una estructura mental constituyente de la mente del niño. Empieza a construirse en estos procesos esenciales de diálogo. Sin esta vinculación profunda su mente no tendría las competencias propias de los humanos. Y cómo, a la vez, se va constituyendo también tu vínculo necesario como madre, justo en eso mismos procesos de cuidados. ¡Cómo os fortalecéis el uno al otro emocional y afectivamente! Me encantó cuando explicabas que cada vez eres más capaz de entender e interpretar lo que vive tu peque.

¡Con qué plenitud vives tu maternidad!

Fui testigo de algún detalle significativo de la atención permanente, tierna y discreta de los tuyos. ¡Qué esmerada su presencia testimoniando que para ellos cuidar al bebé implica sobre todo cuidarte a ti para que así puedas recorrer sin estrés estos primeros meses tan claves para vosotros. ¡Cuánta serenidad y qué seguridad te posibilitan así sus atenciones!

Confieso que en algún momento examiné el espacio intentando localizar tu móvil o una tableta. Te lo comenté y lo tenías claro: !Lo tengo guardado. ¡Quiero ser cien por cien madre! ¡Ninguna interrupción cuando estoy con Alex!”

Estando con el niño mantenías la mirada y el oído atentos, serenos y sobre todo con ternura consciente. Como todos los niños, ha nacido especialmente capacitado para percibir las emociones de quienes lo cuidan. Vivís profundamente vinculados el uno con el otro.

Me impresionó ver cómo le pides permiso antes de cogerlo y en todos los procesos de cuidados: primero anticipas tu proximidad con la voz cariñosa y con pequeños contactos parciales hasta constatar que él reacciona y lo percibes disponible hacia ti.

Qué bello observar lo oportuna que eres en las relaciones con tu angelito. Tu gestualidad tiene la dulzura de la danza. Lo meces con tu voz hecha ahora palabra, ahora canto, ahora susurro maternante, ahora confesión íntima, … Juntos exploráis cómo manteneros en comunión cuando hay cierta distancia viéndoos o “solo” escuchándoos.

¡Cómo sabes respetarlo y, observándolo discretamente, cómo te enamoriscas de él cuando está concentrado “en su mundo”!

Adaptas tu ritmo a su ritmo, no caben las prisas en la biografía de un bebé. La vuestra es una relación íntima y profunda. Esta sintonía emocional le permite sentirse seguro porque en su cerebro ya nidifica la experiencia de amor y, por ahora, su memoria es tu presencia. Qué bien haces explorando maneras de estar presente desde la unión corporal absoluta hasta solo tu olor o el ruido de la respiración incluso, como vi, la presencia silenciosa en la cual ya habéis empezado a percibiros con la intuición de los amantes.

Es como si compartierais tu sistema neurológico y tu estructura emocional, mientras él va logrando sus propias competencias emocionales y neurológicas. Sí: lo que tú vives lo vive él como si fuera originalmente suyo. Lo que tú sientes lo siente él. Y al revés. Pero tú ya no estás encadenada a tus emociones y, cuando es necesario, sabes convocar otras que lo rescatan a él. Este será vuestro salvavidas para siempre jamás.

El pequeñito no necesita una madre perfecta. Ambos sois humanos sometidos a las contingencias. En el día a día, uno y otro, cometéis errores. Lo que construye la seguridad amorosa no es la perfección imposible de una madre sino la experiencia repetida de la reparación.

A ver si tengo suerte y un día coincido con su padre.

Admiro que, mientras algunos anuncian un mañana sin futuro, vosotros cultiváis esperanza.

¡Enhorabuena y gracias!

 

Artículo escrito por Vicenç Arnaiz. Psicólogo. Menorca