Articulo publicado en el Diario Información

Adam Raine era un chico californiano de 16 años que en Abril de 2025 se suicidó. Sus padres demandaron a ChatGPT por considerarlo responsable directo de la muerte de su hijo. Y hay ya otras denuncias por el mismo motivo en Estados Unidos. Los padres declararon que su hijo era un chico totalmente adaptado a su edad y circunstancias, y que tuvo su primer contacto con ChatGPT finales del 2024, a raíz de un trabajo escolar que debía realizar. A lo largo de los siguientes meses éste ya se convirtió primero en su mejor amigo y al final en su único confidente, al que consultaba todas sus inquietudes.
No han trascendido muchos detalles de esa relación entre el chico y la app, pero los padres denuncian que hubo un momento en que ChatGPT llegó a recomendarle que su única salida era suicidarse. Incluso le facilitó información sobre los distintos medios para hacerlo. Adam llegó a enviarle fotos de sus autolesiones, sin que en ningún momento apareciera un mensaje de filtro que le redirigiera a buscar ayuda profesional.
Desgraciadamente los padres no fueron conscientes de todo ésto hasta que pudieron acceder a las comunicaciones de su hijo, ya tras su muerte.
Este caso tan impactante debería alertarnos, pues de no actuarse desde los organismos que pueden imponer normativas de control y prevención, todo apunta a que irá en aumento, directamente proporcional a la implantación del uso de la Inteligencia Artificial.
Recientemente hice una revisión sobre el suicidio en adolescentes, con enfoque en factores de prevención. Y entonces todavía no sabía de este caso. Esto me lleva a pensar en que realmente los acontecimientos en el mundo digital se suceden a tal velocidad que para cuando somos conscientes de algunos riesgos incluso para la vida, como en este caso, ya es demasiado tarde.
¿Por qué un adolescente llega hasta el punto de aislarse del mundo real y convertir a ChatGpt en su único referente? Esa es la pregunta. Creo que aquí puede atribuirse un gran papel a lo que podríamos llamar el factor humano, entendido como la relación social y afectiva con las personas que son importantes para nosotros. Y más en concreto, como aquí se trataba de un adolescente, de la relación con las personas de su edad. En el caso de Adam parece impensable que él hubiera llegado a la incomunicación total con los humanos si hubiera contado con algún buen amigo o amiga, o al menos con alguien cercano al que confiarse.
Hay algunos factores de riesgo para la conducta suicida como ser introvertido, por ejemplo, sobre los que no podemos influir externamente. Se trata de un rasgo temperamental con el que nacemos.
En cambio, cada vez hay más evidencia de que llegar a la adolescencia habiendo crecido en un ambiente que ha fomentado la empatía, la comunicación de emociones, compartir afectos y búsqueda de apoyos, actúa como auténtico escudo protector si toca afrontar una situación límite.
Tanto desde la familia como desde la escuela, sensibilizarse respecto a este tema y movilizarse en consecuencia, es sin duda la mejor contribución a la protección de la salud mental de nuestros jóvenes.

